El hombre tecno-sapiens


Todavía recuerdo el día en que mi padre me dijo: “por favor, programa el video para grabar el partido de esta tarde, que yo no sé hacerlo”. Aquel día pensé que mi padre se había bajado del autobús sin solicitar parada, y saltando en plena marcha. Hoy su nieto -con solo seis años- maneja mejor el ordenador que él, tiene mayor destreza con el ratón, se conecta a internet para jugar con otros niños y lleva dos años ganando a su madre al Mario-Karts. Es lo que se dice “un salto generacional”, que da hasta vértigo.

Entre una generación y la otra, se encuentra la mía. La diferencia entre ellas, es que: la primera disfrutaba de una tertulia a las 10 de la noche; la segunda, de una partida en la red con la nintendo; y la mía, lucha por no quedar fuera de juego. Nosotros nos negamos a saltar de aquel autobús, pase lo que pase, aunque el autobús se ponga en contradirección y las ruedas se salgan de su eje. NO NOS MUEVE NI DIOS DEL ASIENTO.

Nuestro esfuerzo por estar enganchados a la era del bit empieza a requerir de un esfuerzo, que para algunos ya empieza a pasar factura. Ya no es suficiente con tener una dirección de correo (es necesario tener una media de tres, y el gmail ni se discute), tener un blog, estar en Facebook, Twitter y otro par de redes sociales a libre albedrio, ser asiduo de un par de foros y todo esto aderezado e integrado en un Smartphone (que hemos adquirido no hace más de un año). No olvidemos, por cierto, que todo debe tener acceso a la red wifi de casa, donde ya tenemos conectados la tele, la videoconsola, el blue-ray y algunos incluso la lavadora (que no sirve de mucho, pero hace gracia ponerla en marcha cuando estás saliendo por la puerta del trabajo).

La verdad es que el tiempo transcurre cada vez a mayor velocidad. Hace 20 años, (ufff) enviabas una carta a la novia -y con un poco de suerte, y si correos estaba en plena conjunción con tu horóscopo y no confundía Barcelona con Venezuela-,  esa carta llegaba a la destinataria en una semana o incluso algún día menos. Eso, si no lo hacías desde el pueblo. En ese caso, te podías dar con un canto en los dientes si pensabas que recibirías respuesta en menos de un mes. Luego la respuesta seguía el mismo camino, pero en dirección contraria. Era un chat lo que se dice tranquilo, sin estrés, con tiempo de reflexión en la pregunta y la respuesta. Era muy posible que entre viaje y viaje ya no tuvieras novia; pero claro, eso no lo sabrías hasta dentro de dos semanas.  Nuestra necesidad de estar continuamente conectado -con todo y todos- nos lleva a lo que ya se considera en algunos casos una de las principales enfermedades psíquicas del siglo XXI. Pura adicción, sin más.

Hace unos años me interesé por los mundos virtuales, pensaba que era una nueva forma de ver la vida (puede que lo termine siendo) y al igual que yo, también lo pensaron las mayores empresas del mundo. Podías ver una exposición de Mercedes, Audi, etc. sin moverte del sofá. Acudir a un stand de Sony y ver las últimas novedades. Pero también podías irte a bailar o tomar una copa (virtual), mientras charlabas con unos amigos. Habían nacido los auténticos avatares. Conjugaba un chat, las imágenes en movimiento y un representante en tercera persona, que era exactamente como tú deseabas que fuera. Bien, las consecuencias en algunos casos ha sido un auténtico desastre. La vida de estos personajes digitales siempre era mejor que la vida propia, llegando a preferir estar en ese mundo sin límites, que en la vida real. Actualmente las empresas han ido abandonando ese nuevo mundo poco a poco, alejándose de las Américas con los galeones a media carga por la falta de oro. Las minas se agotaron y no tenían los filones que pensaron que tendrían.

Las innovaciones se hacen obsoletas a la misma velocidad que nacen. En un producto informático, llamémosle MW (letras al azar) la versión 8 (también al azar)   aparece incluso antes de que dominemos la 7 (azar menos uno). Pero no creamos que el esfuerzo por mantenernos al día es algo de carácter generacional (mi padre sigue teniendo un teléfono góndola, ese que tenía una rueda para marcar).  Són las empresas las que más sufren, no sé si en silencio, esta celeridad en los cambios, suponiéndoles un gran esfuerzo de adaptación. Un esfuerzo por tener a un personal formado en versiones de productos que seguro desaparecerán antes de que acabe el curso que han conseguido para sus empleados. Mantener su página web.Tener una intranet. Estar en el Facebook, Twiter y el resto de redes sociales (para la empresas hay que estar en todas, no vale el libre albedrío).

Darwin, sin llegar siquiera a imaginar lo que sería la TDT, lo tenía muy claro, la evolución y supervivencia de una especie erradicaba en su adaptación al medio. Las empresas deben adaptarse a los tiempos que corren, evolucionar al ritmo adecuado y estar muy atentas a los futuros cambios. Apostar por los buenos productos y jugar en las partidas que pueden ganar (Apple nació en un garaje y Google era solo un buscador en internet). La tecnología quizás pueda dar miedo, pero también puede situar una idea en el mundo en un solo instante. Einstein no ganó el premio Nobel por su teoría de la relatividad porque la persona que evaluó su trabajo reconoció no entender lo que leía.

Es el momento de buscar el manual del video. Hay mucho que aprender y por inventar.

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Acerca de José Santos

Director Dpto. Desarrollo
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3 respuestas a El hombre tecno-sapiens

  1. Pingback: Quieras o no, estás en internet |

  2. Pingback: Software libre ¿Amenaza u Oportunidad? |

  3. Inflinken dijo:

    Magnífica reflexión. Precisamente me encuentro como individuo y como empresario en el mismo problema. No doy a todas!

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